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Hay dos cosas inevitables en la vida, una de ellas es la muerte y es algo tan intrínsecamente natural en todo hombre que de nada sirve cualquier preludio ominoso que nos haga más certero el trance, más liviano. Nadie está preparado para ello y sin embargo, todos sabemos que es algo que jamás podremos eludir. La segunda cosa ineludible es el amor, porque no llega, irrumpe; porque no te roza, te atraviesa; porque no te despierta, te sacude y porque es así no importa cuanto hagas, no importa cuanto dinero lleves en los bolsillos en ese momento, no importa si eres brillante o un pelmazo con todas las letras. A todos nos deja desprovistos de todo. Por eso a ambas les tengo miedo y respeto porqué no. Pero de las dos, el amor es el que me da más pavor, porque después de la muerte viene el fin, al menos el cuerpo entra en un estado de reposo y deja de andar, de sentir, de pensar.... Pero después del amor qué?. Aún después nos queda sobrevivir, seguir andando, levantarnos y partir. Empezar de nuevo, ahora un poco más cansado que antes. Cargando bajo nuestras espaldas la desolación de la pérdida, la ausencia inconmensurable, el vacío infinito. Volver a deambular a través de telarañas, desempolvar los trajes y elegir una nueva máscara, que nos cubra un manto y apague el dolor.



