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André Gidé

lunes, 05 de mayo del 2008 a las 17:57
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André Gidé es uno de los personajes más extraordinarios del siglo xx literario europeo. No porque haya llevado a cabo empresas excepcionales, tales como para grabarse eternamente en la memoria de la gente, y entrar así como una "leyenda" más en el siglo; en toda su vida Gidé no hizo otra cosa que hablar de sí mismo, de sus propias y discutibles "aventuras" terrenas, de su propio e inolvidable tormento espiritual. La fascinación de su prosa refinada no se explica si no se puede comprender eso que es el núcleo central de su desconcertante personalidad de hombre y de escritor. Ante todo fue un hombre que había absorbido todos los venenos del siglo xx y no vacilaba en manifestarlo, con un coraje que es justo acreditarle. Si su moral hoy nos parece absurda, si no monstruosa, motivos de sobra existían para aceptarla en una Europa que sobre los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial había olvidado definitivamente el sentido de su propia unidad espiritual y, por ende, de su misión en el mundo. Gidé no tenía una verdad que proclamar, una certeza que defender . Él proclamaba un hombre constantemente "disponible" a toda aventura, porque la ley misma de su existencia era el cambio, la novedad. Nada de valores estables, pues. Las conquistas del intelecto no son jamás definitivas y la historia no es más que una serie incoherente de posibilidades poco a poco realizadas. Por eso, tanto por dar un ejemplo, hoy daba un "sí" al comunismo y mañana el"no": la moral del hombre "disponible" es la de no ligarse definitivamente a nada ni a nadie.

André Gide
Diario (fragmento)

" Querría flagelar con todas mis fuerzas a los que se ríen de la castidad como de una tontería, a los que se burlan de la virtud como de una debilidad y creen que un libertino tiene más carácter que un monje; querría gritarles las agonías de fiebre cuando se encierra uno en su cuarto para huir del demonio que le persigue, pero que por mucho que se encierre no le deja en paz y se instala a su lado, le observa, le tienta, le inflama, le deja estupefacto, de modo que sale uno de esas luchas como muerto, jadeante, desposeído. Y cuando durante todo ese tiempo se piensa que los demás van al placer sin deseo, se piensa en ¡cuánto darían ellos por sentir hasta el más leve escalofrío de fiebre, y que uno de ese temblor muere, que le consume a uno hasta el corazón!
(...)
Nunca había aspirado menos al reposo. Nunca me había sentido tan exaltado por ese exceso de las pasiones que según Bossuet es patrimonio de la juventud, en ese admirable Panegírico de san Bernardo que releía esta mañana. La edad no consigue vaciar ni la voluptuosidad de su atractivo, ni el mundo entero, de su encanto. Por el contrario, a los veinte años las cosas me asqueaban más fácilmente, y estaba menos contento de la vida. Mis abrazos eran más tímidos; respiraba menos fuerte, y me sentía menos amado. Quizá era también que deseaba la melancolía; aún no había entendido la superior belleza de la felicidad.
(...)
El pensamiento de la muerte me persigue con una obstinación singular. A cada gesto que hago, calculo: ¿cuántas veces ya? Me pregunto: ¿cuántas veces todavía? y siento, lleno de desesperación, precipitarse la revolución del año. Es también que al comprobar cómo a mi alrededor el agua se retira, mi sed aumenta, y me siento tanto más joven cuanto menos tiempo me queda para sentirlo.
(...)
Mi alegría tiene algo salvaje, fiero, en ruptura con toda decencia, toda conveniencia, toda ley. Por ella regreso al balbuceo de la infancia, pues no presenta a mi espíritu sino novedad. Necesito inventarlo todo, palabras y gestos; nada del pasado satisface ya mi amor. Todo en mí se abre, se asombra; me late el corazón; una sobreabundancia de vida me sube a la garganta como un sollozo. Ya no sé nada; es una vehemencia sin recuerdos y sin arrugas.
"

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