Las olas de Virginia Woolf

Este es un libro hermoso que me gustaría recomendar. Quizás la literatura de esta distinguida y controvertida inglesa llamada Virginia Woolf es una de las más exquisitas y refinadas del siglo. Esta obra tiene una prosa casi lírica y es de una perfección estética inigualable, pero a su vez no pierde esa profundidad maravillosa con la que Virginia suele dotar a los personajes de sus novelas, quizás muchos se identifiquen con algunos de los perfiles de estos seis amigos que atraviesan juntos los caminos de la vida y cómo es lógico a través de este juego de voces interiores podemos ir siguiendo la evolución de cada uno desde la niñez hasta la ancianidad. A todos nos pasa admirar a algún amigo y decir ¿Cómo me gustaría ser como ella?¿Qué fortaleza tiene, qué seguridad?. Este libro nos muestra que la imagen que ven los otros de nosotros es tan parcializada como su visión de nuestro ser, a todos nos parece que la vida que le tocó vivir al de al lado es mejor a la nuestra. Es importante descubrir que nosotros somos nuestra propia vida, y es la única que nos tocó en suerte por lo tanto el hacer de ella algo que nos dé placer, es nuestro trabajo. Hay un autor que en este momento no recuerdo su nombre que decía "¿Quién soy yo para el universo?La respuesta es nada, ni nadie, pero para mi ser " todo, el universo entero". En la obra de la autora inglesa Virginia Woolf (1882-1941) el tiempo está representado con la metáfora de las olas Pero, además de figura literaria, la escritora también utilizó la imagen para describir el estado de ánimo que la atenazó todos los días de su vida.
"La sensación-afirmaba- de que la primera hora de cada mañana es algo tan dulce y calmo como el suave golpe de una ola, unida al presentimiento casi permanente de que algo horroroso está siempre a punto de ocurrir." A esta forma de melancolía ella la llamó "vicio absurdo". Cuando esta cotidiana sacudida del alma alcanzó su mayor intensidad, dejó de ser su fuente de inspiración y se convirtió en la condena que la condujo al suicidio, una mañana a finales de marzo
Las Olas nos narra de una forma muy original, gracias al monólogo interior, y la descripción de sensaciones, detalles, pensamientos, deseos..., la vida de seis personajes: Rhoda, Jinny, Susan, Neville, Bernard y Louis. La historia se abre con un juego de la niñez: el veo, veo y a partir de allí Virginia nos invita a sumergirnos en el mundo interno de estos atractivos e intrincados protagonistas.
Sus vidas se representan con la metáfora de las olas que golpean la playa.
Así, en el amanecer, podemos encontrarnos con la infancia de estos personajes tan especiales (por una sensibilidad poco vista en las novelas en las que entra en juego algún niño o niña).
Al mediodía, cuando está el Sol en lo alto, y la sombra cae hacia abajo, les encontraremos en el centro de la línea de sus vidas.
Y al atardecer...
No hay en esta obra más trama que la de la vida de estos seis seres que se enfrentan a ésta de una forma u otra.
Hallaba igualmente en esa prosa de Las olas una descripción fina de ciertos episodios de las complicadas relaciones humanas... «Siempre hay alguien cuando nos reunimos y los bordes del encuentro son aún cortantes, que se niega a sumergirse, alguien, en consecuencia, cuya identidad uno desea obligar a agazaparse ante la propia...» Alguien que resiste y por lo tanto nos excita -anotaba yo apresuradamente en el margen, completando las palabras de la confesante.
Según José Viedma López,para ser, no nos basta la soledad, todos necesitamos público: «Para ser yo (advierto) necesito la iluminación de la mirada de otras gentes, y en consecuencia nunca puedo estar totalmente seguro de lo que soy».
Flaqueamos o nos sentimos seguros en el espejo que nos ofrecen los otros. En toda esta refinada analítica de Virginia subyace la nostalgia de un ladrido, de un gruñido, de algo vigoroso, sano, masculino, incluso feroz. Creo que es Bernard quien lo describe como un antiguo bruto y un salvaje, "hombre hirsuto que con los dedos revuelve sogas de entrañas, y traga y eructa". Todos lo llevamos dentro, en cuclillas; nos cuesta mucho tenerle a raya. Podrá lavarse las manos antes de cenar, pero no por eso dejan, esas manos, de ser peludas. Podrá exhibir magníficos modales en la mesa, pero no por eso dejará de impacientarse cuando la cena se demora.
El rigor del que nuestras vidas carecen no procederá de nada que pueda saberse... porque en lo más hondo siempre hay, siempre habrá, una caudalosa corriente de sueños rotos, rimas infantiles, gritos callejeros, frases inacabadas e imágenes que reclaman un acontecimiento auténtico, un evento real que nos redima del aburrimiento o de la predestinación. «No cabe la menor duda, he pensado, mientras echaba a un lado el periódico, de que nuestras mezquinas vidas, pese a ser feas, sólo se revisten de esplendor y adquieren significado cuando las contemplamos con los ojos del amor.» La literatura ofrece una valiosa compensación, mientras llega la muerte y rompen las olas en la playa. Pero no es suficiente. Una fuerza tanática reclama desde las primeras páginas -como desde los primeros sueños de la vida- un sacrificio verdadero, no un retiro ni una huida desde lo real a lo simbólico.
La obra literaria ofrece un desahogo psicopatológico exquisitamente regulado, como el diapasón que marca el ritmo de las olas. Un delirio a seis voces, la multiplicación por seis en un coro andrógino...
«Aplicado a la carencia de razones, de lo usual, de lo carente de finalidad, de lo amasado, saltó la llama del odio y del desprecio. Cogí mi mente, mi ser, el viejo objeto lacio, casi inanimado, y lo blandí en todos sentidos entre los restos, entre las ramitas y las pajas, entre los detestables restos del naufragio, maderos a la deriva, que flotaban en la aceitosa superficie»
Únicamente las palabras y las frases son capaces de apresar en sus redes este caos, de convertir en luz este mundo informe.
Finalmente les dejo este fragmento que refleja a Rhoda, uno de los personajes de la novela, que uno no tarda en descubrir a medida que avanza en la lectura del libro, que detrás de ella se esconde agazapada, la propia Virginia Woolf.
"Todos mis buques son blancos", dijo Rhoda. "No quiero los pétalos rojos de los geranios y de las malvas del huerto. Quiero pétalos blancos que floten cuando inclino el cuenco. (...) He recogido los pétalos y los he puesto a nadar. Aquí pondré un faro. Y ahora voy a balancear mi cuenco castaño de un lado a otro, para que mis barcos naveguen con oleaje. Algunos se hundirán. Algunos se estrellarán contra los arrecifes. Uno navega sólo. Este es mi barco. Penetra en las heladas cavernas en las que ladra una foca, y cadenas verdes pendientes de las estalactitas se balancean. Se alzan las olas. Sus crestas se enfurecen, fíjate en las luces de los mástiles. Se han desperdigado, han naufragado, todos salvo mi buque, que remonta la ola y se desliza en la galerna y llega a las islas en las que los papagayos parlotean y las lianas..."


