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Segunda carta conyugal

sábado, 23 de febrero del 2008 a las 22:56
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SEGUNDA CARTA CONYUGAL

 Necesito a mi lado una mujer sencilla y equilibrada, y cuya alma agitada y oscura no alimentara continuamente mi desesperación. Los últimos tiempos te veía siempre con un sentimiento de temor e incomodidad. Sé muy bien que tus inquietudes por mí son a causa de tu amor, pero es tu alma enferma y malformada como la mía la que exaspera esas inquietudes y te corrompe la sangre. No quiero seguir viviendo contigo bajo el miedo.

 Agregaré que además necesito unas mujer que sea mía exclusivamente, y que pueda encontrar en todo momento en mi casa. Estoy aturdido de soledad. Por la noche no puedo regresar a un cuarto solo sin tener a mi alcance ninguna de las comodidades de la vida. Me hace falta un hogar y lo necesito enseguida, y una mujer que se ocupe de mí permanentemente, incapaz como soy de ocuparme de nada, que se ocupe de mí hasta de los más insignificante. Una artista como tú tiene su vida y no puede hacer otra cosa. Todo lo que te digo es de una mezquindad atroz, pero es así. No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente.

 Pienso que sabrás reconocer la enorme franqueza con que te hablo y sabrás darme la siguiente prueba de tu inteligencia: comprender muy bien que todo lo que te digo no rebaja en nada la profunda ternura, y el indecible sentimiento de amor que te tengo y seguiré teniendo inalienablemente por ti, pero ese sentimiento no guarda ninguna relación con el devenir corriente de la vida. La vida es para vivirse. Son demasiadas las cosas que me unen a ti para que te pida que lo nuestro se rompa; sólo te pido que cambiemos nuestras relaciones, que cada uno se construya una vida diferente, pero que no nos desunirá más.

Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de L.S.

 

Cartas al padre

domingo, 03 de febrero del 2008 a las 17:15
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Querido Padre:

Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante tí, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.

Para tí, el asunto fue siempre muy sencillo, por lo menos por lo quc hablabas al respecto en mi presencia, y también, sin discriminación, en la de muchos otros. Creías que era, más o menos así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo por  tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dió la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y a cambio de eso tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos), pero esperabas por lo menos un acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de tí, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, ideas descabelladas, jamás hablé francamente contigo(...).

Sí haces un resumen de  tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas nada que sea en realidad indecente y perverso (excepto mi reciente proyecto de matrimonio) , sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud. Me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante un golpe de timón, hubiese podido, dar a todo esto un curso distinto, en tanto tú, no tienes  la menor culpa, salvo tal vez, el haber sido excesivamente bueno conmigo.Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que se refiere a tu falta de culpa en este distanciamiento. Pero también estoy yo, igualmente, exento de culpa. Si pudiera conseguir que reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva-para ello los dos somos demasiados viejos-, pero sí, una especie de paz, no un cese, pero sí una atenuación de tus incesantes reproches.

Es extraño, pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte. Así, por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque no como ellos"". Ahora bien, padre: yo, en verdad, nunca dudé de tu bondad para conmigo pero no me parece que tu observación sea exacta. Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón, afirmar que los otros padres fingen, se trata ó bien de una simple terquedad, imposible de discutir, o bien de una expresión encubierta de que hay algo que no anda bien entre nosotros, y que tú contribuyes a causar, aunque sin culpa. Si realmente esa es tú opinión, estamos de acuerdo.

Yo hubiese sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, tío ó abuelo, y hasta (aunque ya en esto vacilo) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte para mí,  tanto más sabiendo que mis hermanos murieron siendo niños aún y las hermanas llegaron sólo mucho más tarde, de manera que yo tuve que soportar completamente  solo el primer choque, y para eso era débil, demasiado débil.

De cualquier manera, éramos tan distintos y tan peligroso el uno para el otro en esa diferencia, que si hubiese calculado de antemano la relación que, surgiría entre nosotros, yo el niño que se desarrollaba lentamente, y tú, el hombre hecho, hubiera sido posible  presumir que tú simplemente me aplastarías, bajo tus pies , que nada quedaría de mí. Por suerte esto no sucedió..(...).

En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, me hubiera sido necesario el estímulo. Sí tu sola presencia ya me aplastaba...Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desvestíamos juntos en una casilla. Yo flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no sólo frente a tí, sino ante el mundo entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas.

Hubo también, por suerte, momentos de excepción, en particular cuando sufrías en silencio , y el amor y la bondad vencían con su intensidad los obstáculos y conmovían invariablemente. Sucedía raras veces, pero era maravilloso. Así por ejemplo, cuando se te veía en el negocio, en los ardientes días del verano, dormitando al mediodía, después del almuerzo, cansado, el codo apoyado en el escritorio; o cuando venías a visitarnos los domingos, en nuestro lugar de veraneo, rendido de fatiga ó cuando mi madre estaba gravemente enferma , y tú, estremecido por el llanto, te aferrabas a la biblioteca; ó cuando estuve enfermo yo, la última vez, y viniste silenciosamente a verme, en el cuarto de Ottla, y te paraste en el umbral, y estiraste el cuello a fin de verme en la cama y me saludaste sólo con la mano, por consideración. En tales momentos se echaba uno a llorar de felicidad, y hoy vuelvo a llorar mientras lo escribo.(..)

Ni siquiera tú desconfianza por los demás, es  tan grande como  mi desconfianza por mí mismo, en la que me has educado. Y no te niego, hasta un cierto derecho a esa objeción, que además contribuye, por sí sola, a la caracterización de nuestras relaciones. Claro está que las cosas no pueden ajustarse a la realidad, tan bien la una con la otra, como mis argumentos en esta carta, porque la vida es algo más que un rompecabezas; pero, gracias a las enmiendas que surgen de esta confesión, y que no puedo ni quiero extender hasta el detalle se ha logrado, a mi parecer, algo tan próximo a la verdad, que podrá tranquilizarnos un poco a los dos y hacernos más fáciles la vida y la muerte...

Franz

Mendiga voz

sábado, 26 de enero del 2008 a las 21:38
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MENDIGA VOZ

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

Alejandra Pizarnik

de "Los trabajos y las noches" se publicó en 1965

CARTAS CONYUGALES

viernes, 25 de enero del 2008 a las 17:33
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TERCERA CARTA CONYUGAL

      Desde hace cinco días he dejado de vivir a causa de ti, a causa de tus estúpidas cartas, por tus cartas no de espíritu sino de sexo, por tus cartas llenas de reacciones de sexo y no de razonamientos conscientes. Estoy harto de nervios, harto de razones; en lugar de protegerme, tú me agobias, me agobias por que lo que dices es errado.

       Siempre has errado. Siempre me has juzgado con la sensibilidad más baja que hay en la mujer. Te empeñas en no admitir ninguna de mis razones. Pero a mí ya no me quedan razones, ya no tengo nada de qué disculparme, ya no tengo nada que discutir contigo. Conozco mi vida y eso me alcanza. Y en el instante en que comienzo a meterme en mi vida, más y más me socavas, causas mi desesperación; cuantos más motivos te doy para esperar, para que seas paciente, para tolerarme, más encarnizadamente te empeñas en destrozarme, en hacerme perder los beneficios
logrados, más intolerante eres con mis males.

      Del espíritu lo desconoces todo, nada sabes de la enfermedad. Todo lo juzgas llevada por las apariencias externas. Pero yo conozco mi interior, ¿verdad?, Y cuando te grito no hay nada en mí, nada en mi persona, que no sea causado por la existencia de un mal anterior a mí mismo, previo a mi voluntad, nada en ninguna de mis más inmundas reacciones que no provenga exclusivamente de mi enfermedad y no le fuera imputable, sea cual sea el caso, vuelves a esgrimir tus razones equivocadas que se fijan en los detalles nimios de mi persona, que me condenan por lo más mezquino.
     
      Pero cualquier cosa que yo haya podido hacer de mi vida, ¿no es verdad? No me ha impedido retornar paulatinamente a mi ser e instalarme un poco más cada día. En ese ser que la enfermedad me había arrebatado y que los reflujos de la vida me reintegran pedazo a pedazo. Si no supieras a qué me había entregado para limitar o extirpar los dolores de esa separación intolerable, tolerarías mis desequilibrios, mis estruendos, ese desmoronamiento de mi persona física, esas ausencias, esos achatamientos.

Y en virtud de que supones que se deben al uso de una sustancia, que de sólo nombrarla oscurece tu razón, me acosas, me amenazas, me arrastras a la locura, me destrozas con tus manos ira la materia misma de mi cerebro. Sí, me obligas a obstinarme más conmigo mismo, cada una de tus cartas parte a mi espíritu en dos, me tira a insensatos callejones sin salida, me destruye con desesperaciones, con furores. No puedo más, te he gritado suficiente. Deja de razonar con tu sexo, asimila de una vez la vida, toda la vida, ábrete a la vida, mira las cosas, mírame, renuncia, y deja al menos que la vida me abandone, se expanda ante mí, en mí. No me agobies. Basta.

La Cuadrícula es un momento espantoso para la sensibilidad, la materia.

Extrait de "L'ombilic des Limbes, Le pèse nerfs" 1926
Versión de L.S.

 

En contra

sábado, 19 de enero del 2008 a las 20:58
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Yo intento evocar la lluvia o el llanto. Obstáculo de las cosas que no quieren irse camino de la desesperación ingenua. Esta noche quiero ser de agua, que tú seas de agua, que las cosas se deslicen a la manera del humo, imitándolo, dando señales últimas, grises, frías. Palabras en mi garganta. Sellos intragables. Las palabras no son bebidas por el viento, es una mentira aquello de que las palabras son polvo, ojalá lo fuesen, así yo no haría ahora plegarias de loca inminentemente que sueña con súbitas desapariciones, migraciones, invisibilidades. El sabor de las palabras, ese sabor a semen viejo, a vientre viejo, a hueso que despista, a animal mojado por un agua negra (el amor me obliga a las muecas más atroces ante el espejo). Yo no sufro, yo no digo sino mi asco por el lenguaje de la ternura, esos hilos morados, esa sangre aguada. Las cosas no ocultan nada, las cosas son cosas, y si alguien se acerca ahora, y me dice al pan pan y al vino vino me pondré a aullar y a darme la cabeza contra cada pared infame y sorda de este mundo. Mundo tangible, máquinas emputecidas, mundo usufructuable. Y los perros ofendiéndome con sus pelos ofrecidos, lamiendo lentamente y dejando su saliva en los árboles que me enloquecen.

El futuro

lunes, 31 de diciembre del 2007 a las 14:40

Y sé muy bien que no estarás
No estarás en la calle,

en el murmullo que brota de noche de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia los completos en los subtes,
ni en los libros prestados ni en el hasta mañana.


No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes o una blusa.

Me enojaré, amor mío, sin que sea por ti,
y compraré bombones pero no para ti,
me pararé en la esquina a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré los sueños que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles y de puentes.

No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.

Aprendiendo

lunes, 31 de diciembre del 2007 a las 14:33
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Este es un poema que le adjudican a Borges, pero que no le pretenece. Me gusta mucho a pesar de ello porque refleja parte de esta enseñanza que uno sólo es capaz de aprender con el paso de los años.

Aprendiendo

"Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una
mano y encadenar un alma.

Y uno aprende que el AMOR no significa acostarse.

Y que una compañía no significa seguridad, y uno empieza a aprender ....

Que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza
a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende
a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es
demasiado inseguro para planes ... y los futuros tienen su forma de caerse
por la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende que, si es demasiado, hasta el calor del
Sol puede quemar.

Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de
esperar a que alguien le traiga flores.

Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno es realmente fuerte, que
uno realmente vale, y uno aprende y aprende ... y así cada día.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien, porque te ofrece un buen
futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de amarte con tus defectos
sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad.

Con el tiempo te das cuenta de que si estás con una persona sólo por
acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a verla.

Con el tiempo aprendes que los verdaderos amigos son contados y que quien no
lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado sólo de falsas amistades.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en momentos de ira siguen
hiriendo durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es
atributo sólo de almas grandes.

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, es muy
probable que la amistad jamás sea igual.

Con el tiempo te das cuenta que aun siendo feliz con tus amigos, lloras por
aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona
es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser
humano, tarde o temprano sufrirá multiplicadas las mismas humillaciones o
desprecios.

Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el
sendero del mañana no existe.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas y forzarlas a que pasen,
ocasiona que al final no sean como esperabas.

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro,
sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado,
añorarás a los que se marcharon.

Con el tiempo aprenderás a perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir
que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, pues ante
una tumba ya no tiene sentido.

Pero desafortunadamente, sólo con el tiempo..."

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

miércoles, 26 de diciembre del 2007 a las 16:20
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VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

Versión de Carles José i Solsora

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