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Las ventanas cegadas

martes, 13 de noviembre del 2007 a las 23:45
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Estaba triste, pero no como todos los días, para ser exacto como cada mañana, cuando tanto me cuesta separarme de los seres frágiles y sumisos con los que paso las noches, dejar al mundo anterior, ese mundo en que el menor detalle lo modifica todo. Una sonrisa minúscula en el semblante de una joven (basta con el borde levemente alzado del labio humedecido) significa que en algún sitio, detrás de mí, se ha abierto una ventana, se siente las sombras de las nubes blancas, vaga el viento entre las magras ramas de los álamos. Esa tristeza de la que dan fe los niños cuando se despiertan llorando, se retira luego despacio, como el reflujo de la marea; únicamente permanecen a veces en la arena del cuerpo, como en algunos baches , charcos de líquido amargo. Distingo así los días en que mi cerebro no soporta el ruido, en que cierro los postigos y me quedo al abrigo de mis cuatro paredes (..).

He llegado a la conclusión de que mi tristeza es de carácter débil, se parece a esos héroes que, después de anotar en su diario grandiosas resoluciones, se enredan en las nimiedades de lo cotidiano y agotan su empuje en gestos estériles. Mi tristeza soporta poco lo imprevisto que representan las imágenes insólitas, los colores chillones, el ruido, un simple transeúnte. Todo eso lo encuentro en la calle y a veces, al cabo de una hora nada más, puedo regresar tranquilo a casa.

Esa tristeza obediente, con la que juego como un padre con su hijo, más lanzado cuanto más le atienden pero al que, bien se sabe, se puede someter con una mirada y mandarlo a su cuarto, esa tristeza me reserva empero algunas sorpresas.

Las ventanas cegadas de Alexandre Vona

Este es un libro que me gustaría recomendar. Lo encontré en una mesa de saldos y al leer la contratapa hubo frases que me atraparon , me inquietaron. Quizás me sentí tangencialmente tocada con algunas de ellas  porque intuí que la lectura de este libro iba  sin duda a disparar algo en mí. Y yo sé cuan peligroso es correr ese riesgo, pero a veces uno necesita de ese tiempo para uno, son esos viajes metafísicos donde uno no sabe si escapar o aprovechar para estrechar vínculos con el ser que uno más teme: uno mismo.

Un poema

domingo, 11 de noviembre del 2007 a las 21:49
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SOY NADIE

Soy nadie. ¿Tú quién eres?
¿Eres tú también nadie?
Ya somos dos entonces. No lo digas:
lo contarían, sabes.

Qué tristeza ser alguien,
qué público: como una rana
decir el propio nombre junio entero
para una charca admiradora.

Emily Dickinson


Versión de L.S.

 

 

Me identifico

domingo, 11 de noviembre del 2007 a las 20:27
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Nací en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón que sus mayores habían creído en Él, sin saber porqué. Siendo así, y dado que el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente y no porque piensa, la mayoría de estos jóvenes eligió la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen y no ven sólo la multitud de la que forman parte, sino también los grandes espacios que hay a sus costados. Por eso, ni abandoné a Dios tan ampliamente como ellos, ni acepté nunca la Humanidad. Consideré que Dios, si bien improbable, podría ser y en consecuencia, también ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica cuyo significado se limita a la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me pareció siempre una resurreción de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

De tal manera, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me ubiqué , como alguna otra gente marginal, a esa distancia de todo a la que vulgarmente se llama Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón si pudiese pensar, se detendría.

A quien como yo no sabe, viviendo, tener vida, ¿Qué le resta sino, como mis pocos pares, la renuncia como actitud y la contemplación como destino? No sabiendo que es la vida religiosa, incapaces de saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tampoco tener fe en esa abstracción llamada Hombre, ni sabiendo qué hacer con ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo para tener alma, la contemplación estética de la vida.

 Fernando Pessoa

Bueno. a quien guste leer estas líneas que escribo, quiero aclararles que admiro mucho a Fernando Pessoa, ese escritor portugués que siempre será para mí ese extraño desconocido al que nunca podré descifrar y sin embargo ahí voy yo siguiéndole el rastro para no perder la costumbre.

En estos días estoy releyendo el  Libro del Desasosiego, una de sus mejores obras y colgando todo aquello que me guste. Así que empiezo:

 

Buenos Aires, mi ciudad

sábado, 10 de noviembre del 2007 a las 23:18
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Entro de noche a mi ciudad, yo bajo a mi ciudad donde me esperan o me eluden, donde tengo que huir de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre, una cita con dedos, con pedazos de carne en un armario, con una ducha que no encuentro, en mi ciudad hay duchas, hay un canal que corta por el medio mi ciudad y navíos enormes sin mástiles pasan en un silencio intolerable hacia un destino que niega mi ciudad donde nadie se embarca, donde se está para quedarse aunque los barcos pasen y desde el liso puente alguno esté mirando mi ciudad. Entro sin saber cómo en mi ciudad, a veces otras noches salgo a calles o casas y sé que no es mi ciudad, mi ciudad la conozco, por una expectativa agazapada, algo que no es el miedo todavía pero tiene su forma y su perro y cuando es mi ciudad sé que primero habrá mercado con portales y con tiendas de frutas, los rieles relucientes de un tranvía que se pierde hacia un rumbo donde fuí joven pero no en mi ciudad, un barrio como el Once de Buenos Aires, un olor a colegio, paredones tranquilos y un blanco cenotafio, la calle veinticuatro de noviembre quizás, donde no hay cenotafios pero está mi ciudad cuando es su noche. Entro por el mercado que condensa el relente de un presagio indiferente todavía, amenaza benévola, allí me miran las fruteras y me emplazan, plantan en mí el deseo, llegar adonde es necesario y podredumbre, lo podrido es la llave secreta de mi ciudad, una fecal industria de jazmines de cera, la calle que serpea, que me lleva al encuentro con eso que no sé, las caras de las pescaderas, sus ojos que no me miran y es el emplazamiento, y entonces el hotel, el de esta noche porque mañana o otro día será otro, mi ciudad es hoteles infinitos y siempre el mismo hotel(...) Y habrá que andar hasta el final del tren porque en alguna parte hay que encontrarse, sin que se sepa quién, la cita era con alguien que no se sabe y se han perdido las maletas y tú, de tiempo en tiempo, estás también en la estación pero tu tren es otro tren, tu perro es otro perro, no nos encontraremos amor mío, te perderé otra vez en el tranvía o en el tren, en calzoncillos correré por entre gentes apiñadas y durmiendo en los compartimientos donde una luz violeta ciega los polvorientos años, las cortinas que ocultan mi ciudad.

Julio Cortázar-62/ Modelo para armar

 

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Alejandra Pizarnik

sábado, 10 de noviembre del 2007 a las 22:37

¿Qué puedo decir de Alejandra Pizarnik que no esté al menos insinuada en su obra?
Una mujer que nació el 29 de abril de 1936 en Avellaneda (provincia de Buenos Aires). Hija de una familia de inmigrantes rusos-judíos, estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires, le gustaba la pintura, la música y los libros. Admiraba a Proust y a Mallarmé.
Vivió su vida llena de miedos, acosada por la idea de encontrarle algún sentido a su existencia, era tímida e insegura quizás combatió, sin éxito, contra monstruos que la cercaban sin piedad: como sus "insomnios famosos" producto (quizás) del abuso del consumo de anfetaminas con las que combatía la obesidad, luchaba contra su tartamudez, sus inclinaciones sexuales, su búsqueda constante de la soledad para encontrarse con ella misma .
Escribía de noche, la oscuridad era la hora donde salían a encontrarla todos sus mayores temores con quienes entablaba macabros encuentros (porque ella había aprendido a convivir con ellos) , no los dominaba pero sabiamente intentó exorcizarlos a través de la literatura.
Coleccionaba lápices de colores que regalaba a sus amigos y papeles de carta. Nunca creció, cuando su vida se apagó a los 36 años a causa de una sobredosis de pastillas, creció el mito de la "niña que eligió no crecer".
Se han escrito innumerables cantidad de ensayos sobre su poesía, esa "poeta maldita" que cautivó a Octavio Paz, a Julio Cortázar, Olga Orozco y al exigente César Aira.
Hay un oscuro misterio en su vida y en su obra. Algunos escritores la bautizaron como "la poeta que lloró hasta romperse".
Pizarnik, piensa Bellesi, "eligió decir determinadas cosas y no otras, Construirse de determinada manera en los textos. Reinventar la lengua para poder decirse. Y en eso se le fue la vida. Y en eso no hay casualidad. Alejandra podía pasar horas o días buscando la palabra que pudiera expresar lo que sentía, semanas con una palabra escrita en su pizarrón a la que esperaba encontrarle un sinónimo que se ajustara más a lo que necesitaba. Eso era lo que más llamó la atención a quienes la conocieron: su entrega, su estar ahí en la escritura, sin respiro, sin tregua."


«Mi oficio -confiesa Alejandra en ese tramo- (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. ¿A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser de mí si nada rima con nada».


LA NOCHE

Poco sé de la noche

pero la noche parece saber de mí,
y más aún, me asiste como si me quisiera,
me cubre la existencia con sus estrellas.

Tal vez la noche sea la vida y el sol la muerte.

Tal vez la noche es nada

y las conjeturas sobre ella nada
y los seres que la viven nada.
Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.

Pero la noche ha de conocer la miseria
que bebe de nuestra sangre y de nuestras ideas.
Ella debe arrojar odio a nuestras miradas
sabiéndolas llenas de intereses, de desencuentros.

Pero sucede que oigo a la noche llorar en mis huesos.
Su lágrima inmensa delira
y grita que algo se fue para siempre.

Alguna vez volveremos a ser

Alejandra Pizarnik

 LA ENAMORADA 
Alejandra siempre alejandra
Esa  lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más

Alejandra Pizarnik

sábado, 10 de noviembre del 2007 a las 22:26

EL DESPERTAR

A León Ostrov

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

Alejandra Pizarnik  ( Este poema fue dedicado por Alejandra a su psiquiatra, de quien decían. ella estaba enamorada)

Fernando Pessoa

sábado, 10 de noviembre del 2007 a las 22:10
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Si a cierta altura hubiese doblado a la derecha en lugar de hacia la izquierda

Si en cierto momento hubiese dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí;

Si en cierta conversación hubiese tenido las frases que sólo ahora , en el

entresueño elaboro,

 Si todo hubiese sido así,

 Sería otro hoy, y tal vez el universo entero

Sería insensiblemente llamado a ser otro también.

Pero no doblé para el lado irreparablemente perdido,

No doblé, ni pensé en doblar, y sólo ahora lo percibo

Pero no dije no o no dije sí, y sólo ahora veo lo que no dije;

Pero las frases que faltaron decir en ese momento me surgen todas,

Claras, inevitables, naturales,

La conversación cerrada concluyente,

La materia toda resuelta...

Pero sólo ahora lo que nunca fue,

ni será hacia atrás me duele.

Fernando Pessoa

 

Opinión

sábado, 10 de noviembre del 2007 a las 21:50
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Hoy, sábado tuve tiempo para ir a recorrer librerías en busca de algunos textos que hace rato ando con ganas de leer. En realidad no tuve mucha suerte, andaba buscando material de Alejandra Pizarnik, una escritora argentina que me fascina y creo, sin dudas, es alguien que no ha logrado todavía el reconocimiento que se merece. Pueden creer que recorrí algunas y nada. Es más, el único ejemplar que había se lo llevó otro cliente minutos antes que yo lo pidiera. ¿Cuánto cuesta encontrar libros de  estas mujeres en las librerías: Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Emily Dickinson...? En fín, habrá que seguir buscando, los buenos libros siempre los elige uno, decía mi abuela.

Marina

 

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