Las ventanas cegadas
Estaba triste, pero no como todos los días, para ser exacto como cada mañana, cuando tanto me cuesta separarme de los seres frágiles y sumisos con los que paso las noches, dejar al mundo anterior, ese mundo en que el menor detalle lo modifica todo. Una sonrisa minúscula en el semblante de una joven (basta con el borde levemente alzado del labio humedecido) significa que en algún sitio, detrás de mí, se ha abierto una ventana, se siente las sombras de las nubes blancas, vaga el viento entre las magras ramas de los álamos. Esa tristeza de la que dan fe los niños cuando se despiertan llorando, se retira luego despacio, como el reflujo de la marea; únicamente permanecen a veces en la arena del cuerpo, como en algunos baches , charcos de líquido amargo. Distingo así los días en que mi cerebro no soporta el ruido, en que cierro los postigos y me quedo al abrigo de mis cuatro paredes (..).
He llegado a la conclusión de que mi tristeza es de carácter débil, se parece a esos héroes que, después de anotar en su diario grandiosas resoluciones, se enredan en las nimiedades de lo cotidiano y agotan su empuje en gestos estériles. Mi tristeza soporta poco lo imprevisto que representan las imágenes insólitas, los colores chillones, el ruido, un simple transeúnte. Todo eso lo encuentro en la calle y a veces, al cabo de una hora nada más, puedo regresar tranquilo a casa.
Esa tristeza obediente, con la que juego como un padre con su hijo, más lanzado cuanto más le atienden pero al que, bien se sabe, se puede someter con una mirada y mandarlo a su cuarto, esa tristeza me reserva empero algunas sorpresas.
Las ventanas cegadas de Alexandre Vona
Este es un libro que me gustaría recomendar. Lo encontré en una mesa de saldos y al leer la contratapa hubo frases que me atraparon , me inquietaron. Quizás me sentí tangencialmente tocada con algunas de ellas porque intuí que la lectura de este libro iba sin duda a disparar algo en mí. Y yo sé cuan peligroso es correr ese riesgo, pero a veces uno necesita de ese tiempo para uno, son esos viajes metafísicos donde uno no sabe si escapar o aprovechar para estrechar vínculos con el ser que uno más teme: uno mismo.


